Brújulas que buscan sonrisas perdidas

brújulas Mi deformación profesional me lleva a sentenciar, cual friki de la lengua, lo siguiente: me saca de quicio la enfermiza obsesión por los puntos suspensivos de Albert Espinosa. Albert, sé que en estos tiempos posmodernos todo vale y la genialidad del autor permite romper las normas, pero es que los usas a borbotones y yo, lingüista de medio pelo, no puedo concentrarme en la historia porque cada tres líneas pienso “que no, que ahí va un punto, uno, normalito, si quieres soso y solitario pero uno”. Sé que no es un parámetro válido para criticar una novela, así que usaré los tradicionales, más que nada para que no me toméis por una obsesiva de la puntuación, que es lo que me he ganado en estas primeras líneas.

He de decir que me ha gustado este libro, que he devorado en dos tardes. Me encantan esos títulos tan largos de los capítulos, que parecen bobadas pero luego encierran algo de verdad en ellos. Es algo así como esos comentarios de niños que hacen gracia por ser tan alejados del mundo en que vivimos pero tan cercanos al sentido común. Esta historia tiene algo de visión de niño.

Buscar brújulas en la madurez es tarea harto complicada. Es más fácil durante la infancia cuando la brújula la llevan tus padres y tú solo eres el polizón que se aprovecha de sus decisiones. Esa despreocupación de la infancia pertenece sólo a esos pocos años que preceden a la adolescencia, luego todo cambia. Brújulas que buscan sonrisas pérdidas parte de este punto de desolación que sentimos al hacernos mayores ante circunstancias vitales que nos sobrepasan (la muerte del amor de tu vida no es para menos).

Los momentos críticos muchas veces suscitan recuerdos olvidados, ‘traumas de la infancia’ los llama el autor. Y esto que en principio puede resultar un paso hacia atrás se convierte en el salvoconducto para empezar de nuevo. Y por fin entender lo que de niño no alcanzabas a comprender con la experiencia y sensatez del adulto. Esto nos permite avanzar porque sólo comprendiendo nos perdonamos a nosotros mismos, que es lo más difícil del mundo.

Brújulas va de esto, del hijo que entiende al padre, supera el odio del niño que fue para poder aceptar que, a fin de cuentas, un padre también tiene derecho a perderse y tal vez el hijo sólo puede crecer cuando se convierte en su brújula con una sonrisa. Albert Espinosa tiene ese acierto en esta novela y eso es maravilloso… *

*Estos últimos puntos suspensivos pretenden ser un buen motivo para que critiquéis mi falta de coherencia con el discurso y con la vida en general…

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