SALVAJES

salvajesSalvajes es una salvajada de historia, lo que viene muy bien después de leer Purga, que te deja con el corazón encogido. Es como ver una peli de acción después de haber visto La lista de Schindler o algo similar. Después de una lectura demoledora, una de mafiosos, narcotraficantes y tiros, viene muy bien para equilibrar.

Ya conocía a Don Winslow, no por El poder del perro, que es lo que en todas las portadas de este señor se espera de una, sino por El invierno de Frankie Machine– ¡Vaya tío ese Frankie! ¡Con cincuenta tacos se acerca a un barco a nado, mata a todos y se vuelve en plena tormenta!¡Impresionante!-, así que, recién terminado mi alibropormes de diciembre, en una de esas tediosas tardes de semicompras precincodeenero, ahí lo vi, en la sección de oportunidades: SALVAJES, del autor de El poder del perro. Terapia a 5 euros. Sin duda, mi día de suerte.

Salvajes es la historia de dos amigos, Ben y Chon, polos opuestos, el pacifista y el exmilitar, el hijo de psicólogos americanos hiperprotectores (tópico típico de película americana) y el hijo del padre indolente-ausente-agresivo (otro tópico típico del cine gringo). Nada que ver y, sin embargo, amigos y socios en un gran negocio que les hace millonarios: la producción y venta de la mejor marihuana que hay en California. Todo va bien hasta que los del cartel de Baja- mexicanos, otro topicazo- quieren su parte del pastel. Se lo estamparían en la cara si no fuera porque la oferta empresarial viene acompañada de un vídeo en el que unos salvajes cortan las cabezas de los últimos que se negaron a atender sus peticiones. Evidentemente, los chicos de la peli no se guían por la codicia y la fiebre sanguinaria como los malos, son gente con principios, que vendía un buen producto, ilegal pero de excelente calidad, y como ya han ganado bastante, deciden negarse y abandonar el negocio y el país. Lástima que, cuando están a punto de hacerlo, los malos secuestran a la chica. Y ahí empieza la acción, los tiros y las machotadas.

Cuando leo una novela así, noto que el autor es un tío, y es que en cada línea hay testosterona a punta pala. Cuando hay una escena de sexo, pienso “esto lo ha escrito un tío”; cuando hay una escena de acción, sigo pensando “esto lo ha escrito un tío”; cuando la chica habla, pienso “esto lo ha escrito un tío”. Con esto no quiero decir que no me guste ni quiero menospreciar este libro. Simplemente digo que se nota. Como lo noto en otras cosas, en series como Californication o House of lies, sin que, por eso, deje de verlas; es más, me gustan, me divierten. Esa visión tan masculina, tan vista mil veces en el cine, tiene su punto, sobre todo ahora, que surge sin disimulo y sin miedo al reproche feminista, a veces esperpéntico, a veces irónico, a veces incluso tierno. Me divierte mucho la percepción masculina de la vida y también de la ficción, son tan prácticos, tan esenciales (que no elementales, ojo), que creo firmemente que nos viene bien tenerlos cerca para desdramatizar dramas internos, para ir al grano y dejarnos de paranoias, para que nuestros complejos se achiquen y así volvernos menos complejas. Leer a Don Winslow es eso: terapia a base de mafiosos, narcotraficantes y tiros.

Oye, me ha dejado como nueva.

 

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