LA FÓRMULA PREFERIDA DEL PROFESOR

formulapreferidadelprofesorNo sé cómo lo hago pero siempre me topo con las matemáticas. Es una materia tan exacta, tan precisa, tan inflexible, que hasta hace bien poco la he tratado de inhumana (cambié esta consideración al leer La soledad de los números primos de Paolo Giordano, una historia tan recomendable como triste). Escogí este libro pensando en que quizás la fórmula de la que habla el título tuviese como dueño a un profesor de literatura, de historia, de música, en definitiva alguien que tratara, a través de su asignatura, de explicar el mundo en el que nos movemos. Pero no, el profesor era de matemáticas. Puff, mal empezamos.

Nunca me han atraído especialmente pero desde que era pequeña me siguen insistentemente como un pretendiente sereno y constante, impermeable a mi desdén. Desde mi más tierna E.G.B., mi padre me obligaba a realizar durante el verano el cuaderno de vacaciones de matemáticas del curso que empezaría en septiembre. No podía haber mayor crueldad, no. Por más que le suplicaba un cuaderno de vacaciones con contenidos de varias asignaturas (a esas alturas ya había aceptado que en verano tenía que hacer algo académico), él me compraba el cuaderno de matemáticas del curso que iba a venir después del verano, argumentando, como buen amante de los cálculos exactos, que lo otro era inmensamente más fácil para mí. Así, aprendí algo de matemáticas, gracias a que mi matemático favorito se empeñaba en pasar un rato cada tarde de verano haciendo conmigo estos ejercicios tan apasionantes para él (he de decir que mi padre sigue en forma: no hace mucho se empeñó en enseñarme a hacer sudokus).

Con La fórmula preferida del profesor he recordado esas tardes de verano, en que mi padre me explicaba los números primos, el máximo común divisor o las raíces cuadradas. No hay nada mejor que un profesor apasionado por la materia que explica, eso es así, aquí y en Japón. Puede que chille, puede que se obceque o que se equivoque en el enfoque, pero si es capaz de transmitir entusiasmo por aquello que enseña, algo cala en el pupilo que mira con indiferencia. Eso muestra a la perfección la autora japonesa de esta novela, Yoko Ogawa. De hecho me cuesta llamarlo novela, porque la acción es mínima (parece más un haiku, como dice la contraportada): una asistenta es contratada para limpiar la casa de un profesor de matemáticas que ha perdido la memoria a raíz de un accidente ocurrido años atrás. Desde entonces sólo puede recordar aquello anterior al momento del accidente y olvida lo nuevo cada 80 minutos. Así cada mañana su asistenta ha de tener la misma conversación con el profesor, un afable anciano que siempre le pregunta por su número de teléfono e intenta establecer relaciones nobles entre los números que surgen en las tareas cotidianas. El profesor les enseña a la asistenta y a su hijo de 11 años fórmulas matemáticas con cualquier excusa. Esa fascinación por una explicación exacta de la realidad le entusiasma y entusiasma a estos dos personajes, que en principio no sienten nada hacia los números. Nace así una relación basada en el cariño y la admiración mutua, que salva constantemente las pérdidas de memoria de 80 minutos gracias a las matemáticas.

Este libro logra humanizar una materia tan ajena, en principio, a lo humano, a lo cotidiano, gracias a un personaje entrañable como es el profesor. Y es que, después de todo, si los números son capaces de encandilar a tantas personas, quizás tengan algo de interesante. Si son capaces de rellenar el dolor que causa la conciencia de saber que olvidas todo cada 80 minutos, es que, tal vez, sean más humanos de lo que yo pensaba.

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