EL LECTOR DE JULIO VERNE

ellectordejverneLeer a Almudena Grandes es como darte de bruces contra algo que estaba tan delante de ti que era imposible darse cuenta de que estaba hasta que te dicen “eh, mira”. Y de repente, ¡pum! Tortazo contra la realidad.

Yo no viví la guerra civil, lo único que sé es lo que me enseñaron en las clases de Historia del instituto (en un tema que había que dar a toda leche, porque hay que acabar con un temario tan inabarcable como obligatorio) y lo leído en muchas novelas  y visto en películas que se enmarcan en esos años y que, por lo que sea, han aparecido tanto en los últimos veinte años.  La única persona que vivió la guerra en mi familia y con la que tuve contacto directo fue mi abuela y nunca hablaba del tema, imagino que porque la supervivencia de su generación tuvo mucho que ver con el hecho de callar y también por no resucitar el dolor que suscitó aquella guerra que encerró a su marido en la cárcel durante un tiempo. Por ello, puedo decir que lo que sé del tema se debe más a la ficción que a nadie.

El lector de Julio Verne es la historia de Nino, un canijo de 9 años, hijo de guardia civil, que vive en un pueblecito de la sierra de Jaén a finales de los años 40. Su padre, al ver que su hijo no va a crecer el mínimo de altura requerido para entrar en el Cuerpo, le manda a clases de mecanografía, a escondidas, al cortijo de las Rubias, donde doña Elena, maestra durante la República, le enseñará mucho más que a escribir a máquina. Imagínense, un hijo de guardia civil recibiendo clases de una roja, mejor que no se sepa en el pueblo, sea el que sea, pero mucho menos en un pueblo como Fuensanta de Martos, donde la guerrilla y el monte estaban tan presentes, tan vivos, tan combatientes como si la maldita guerra no se hubiera acabado diez años después.

Leer estos “Episodios de una Guerra Interminable” es conocer quizás las raíces de un conflicto tan inserto en nuestra sociedad, que incluso hoy en día sigue latente en nuestra sociedad, y sobre todo en nuestra política. Hay una herida infectadísima en nuestra historia y ni un solo gobierno de nuestro país, posterior a la tan alabada Transición, ha intentado sentarse con la oposición, con toda la oposición, a limpiar la herida, a pactar el respeto por algo que tantos sufrieron, de un bando y de otro, a aceptar el dolor del otro, sin sentirse ofendido porque nadie reprocha nada a nadie, sólo se acepta que pasó. Eso no asegura que no vuelva a pasar pero reduce bastante las posibilidades. En lugar de eso, desconocemos esta historia porque nunca se le ha dado prioridad, porque en las escuelas es un tema más, cuando debería ser otra cosa, debería ser el paso para asentar un sentimiento de pueblo, que en este país se han apropiado los conservadores como si los demás no pudiéramos sentirnos parte de un pueblo con una identidad mucho más rica que la bandera, los toros y el sol. Y así nos va con todo, por no sentarnos a hablar con el otro, por no pactar, por no ceder, por no empatizar con el otro. Y da tanta pena y tristeza vivir en un país que no sabe nada de sí mismo.

Así leer a esta mujer me remueve por dentro, y me hace pensar que, si fuéramos capaces de mirarnos, vernos y aceptarnos, quizás tuviéramos una oportunidad, quizás lográsemos alcanzar por fin un futuro mejor, uno real, que no se desplomase como un castillo de naipes cuando alguien soplara, porque sería real, y no especulación. Tal vez la solución empiece por respetar la historia del otro, aunque avergüence, aunque duela, porque las cosas nunca son blancas ni negras, la gama de grises es tal que un guardia civil es capaz de jugarse el trabajo, e incluso su vida y la de los suyos, porque su hijo tenga una oportunidad para alcanzar una vida mejor, posibilidad- ¡oh, paradoja de la vida!- que le brinda ni más ni menos que una roja.

 

 

 

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