Los cuerpos extraños

image Existen personajes a los que siempre vuelvo, personajes que me caen bien, que casi son como buenos amigos; y ese reencuentro es como volver a verlos a la vuelta de un largo viaje y pasar largas horas mientras tomamos una cerveza y nos saciamos de historias, chistes y anécdotas nuevas. Eso es Bevilacqua y Chamorro para mí (Marina, nunca te agradeceré lo suficiente darme de leer tan bien).

Dicho esto, quedará claro que cualquier libro que protagonicen estos dos guardias civiles me gusta hasta tal punto que soy incapaz de afirmar aquello de “¡Bah! Esto ya no da más de sí” o “Ya me he cansado”, entre otras cosas porque asistir al pensar de nuestro Bevilacqua es ameno e interesante. Y además, aprendo cómo funciona la guardia civil, su jerarquía, sus deberes y sinsabores, sus relaciones con el poder judicial,…

En este libro hay mafiosos, blanqueo de dinero, proyectos urbanísticos y una alcaldesa muerta hallada sin bragas en una playa levantina. Lo más llamativo es quizás que no tienen nada de donde tirar (la típica escena del crimen sin huellas, sin pistas, sin testigos y, cómo no, con coche calcinado), hasta que encuentran un hilillo tan minúsculo, tan tonto, casi invisible del que tirar. Y tiran con la punta de los dedos mientras cruzan los dedos de la otra mano para que eso no se quede en nada. Y así yendo de puntillas, sin certezas y con el hacha sobre la cabeza colgando del techo de los poderosos, pillan al malo. Es reconfortante ver cómo, al menos en la ficción, las cosas se hacen cómo deberían, la justicia cumple, aunque los recursos son escasos, los jefes ahoguen y las recompensas sean intangibles. Y así leo yo a Lorenzo Silva, con la sonrisa en la boca y la extraña intuición de que quizá en nuestra Guardia Civil hay muchos más Bevilacquas de los que no salen en las noticias. Quizá aún la Humanidad tengamos un hilillo del que tirar con la punta de los dedos.

Esperanzador, ¿eh?

 

 

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2 pensamientos en “Los cuerpos extraños

  1. Nunca seré objetiva tratándose de Lorenzo Silva, mea culpa. Y ver cómo envejecen Vila y Chamorro es un bálsamo para la propia, ejem, para el propio paso del tiempo. Suscribo todo lo que dices, Ana. ¡Enhorabuena por esa lectura!

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