La isla de Alice

aliceIsla: dícese de la porción de tierra rodeada de mar, océano, agua salada, muy salada, muy profunda, muy lejana. Alice: dícese de la protagonista de esta novela, que, carente de isla propia, se marcha en su búsqueda tras el cataclismo total de quedarse viuda durante su segundo embarazo.

No sé cómo he podido leerme las 600 páginas de esta novela con este comienzo que me remueve por dentro todas mis neuras y miedos de madre (no tengo muchos pero desde hace un tiempo convivo con el pensamiento lapidoso de “ahora sí que no me puedo morir, ni un poco, que se me desarman las cabezas de mis dos chiquitos y encima me lo pierdo”). Es una neura como otra cualquiera, no es que me pase todo el día pensándolo pero si pasa algo en mi entorno que me lo recuerde (la muerte prematura de alguien conocido que ronde mi edad, o conocido de un conocido, o simplemente de alguien cuyo fin llegue a mis oídos- esto es más fácil si se tiene una madre como la mía, adicta a los sucesos trágicos-) pues se me remueve todo un buen rato. Así que no sé cómo he podido leer este libro, en el que Alice se hunde cuando su marido muere y se reconstruye poco a poco, no sin antes desmoronarse veinte mil veces más.

Supongo que lo he leído porque la parte de intriga muchas veces superaba a la emocional, porque Alice, aparte de pasar su luto, investiga qué pintaba su marido en aquella isla a la que se iba regularmente desde hacía un par de años y de la que jamás le habló. Y así pasa su luto, averiguando qué se cuece en la isla, espiando  a todo quisqui y convirtiéndose en una auténtica spy yonki.

Es una novela intrigante, llena de mujeres, en la que cada una se comporta con la complejidad del ser creado, lejos del cliché y del maniqueísmo de la mala, la buena, la hija de, la madre de o la amante de. A través de ellas vemos lo terrible del camino, pero también la extraordinaria capacidad del ser humano de levantarse tras el huracán, en esa búsqueda del equilibrio perdido con piezas nuevas  (o sin piezas que poner) a las que de nuevo volver a poner en la balanza. Y en la que siempre tu isla es la más difícil de colocar en el archipiélago. Buscar tu espacio/ser cuando tienes que trabajar, criar hijos y llorar a tu marido y también averiguar qué hacía en aquella isla que comienza llamándose la isla de Chris y acaba llamándose la isla de Alice. Al fin y al cabo, encontrarse a uno mismo es lo que tiene, que le das la vuelta a las palabras y al ponerle el nombre exacto todo cobra sentido. O casi.

 

 

 

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