DONDE LOS ESCORPIONES

dondelosescorpiones

30 de septiembre

Cuando Lorenzo Silva saca una nueva novela de Bevilacqua y Chamorro, hay siempre quien te dice que el último es el peor. Entre ellos, mi padre. Que se lo lee en una tarde y cuando me lo devuelve al día siguiente de que se lo deje, me dice “Bah, el que menos me ha gustado”. Yo, como siempre, no pido más explicación (porque si no, me lo destripa y no me da la gana), lo cojo y no le creo. Sin embargo, esta vez la cosa se puso más negra cuando Marina, compañera del alma y mi descubridora de Silva, me dijo lo mismo. Ahí ya me eché a temblar, a temer lo peor, que no era otra cosa que se me acabaran las ganas de leer esta serie policíaca que siempre me alegra la existencia.

A página 211 de este libro, que he leído en apenas dos ratos de tarde, puedo afirmar con rotundidad que me está gustando. No he podido acabarlo porque septiembre no es nada compasivo conmigo al tener treinta días (¡ay, hijo, qué más te daba tener 31!) pero para mañana lo tendré leído y retocaré lo que digo ahora (si es que hiciera falta). Me está gustando porque me lleva a otros sitios de los que no sé nada, y de repente me veo en una base militar de Herat, Afganistán, país del que sólo sabía lo que había leído en Cometas en el cielo, que me mostró un Kabul maravilloso, tal y como debía ser antes de invasiones, guerras y crueldades de este siglo despiadado.

Y aquí estoy con Vila y Chamorro, embarcados en una investigación que apenas avanza porque hay muchos frentes abiertos y cada uno con unos trámites diferentes. De hecho, creo que por eso no les ha gustado ni a mi padre ni a Marina este Donde los escorpiones, porque explica cómo funciona una base de estas, en medio del desierto de los tártaros, donde mucha gente trabaja sin saber qué día ni qué hora es, donde te ves siempre con los mismos, donde no se diferencia el ocio del trabajo, donde el calor es insoportable, tanto o más como el polvo que tragas a todas horas. Nos cuenta lo que es eso, cómo funciona, qué medidas de seguridad deben tener, la diferencia entre los militares españoles, los italianos, los norteamericanos, la jerarquía militar,… No hay tanta investigación, no hay tanto hilo del que tirar (me quedan algo más de 100 páginas y apenas han hablado con cinco personas), no hay sospechosos como para lanzar un “yo creo que ha sido el mayordomo en la cocina con el candelabro”. En definitiva, no hay policíaco, sólo novela.

Sin embargo, me gusta. Yo no sé nada de militares, ni de sus jerarquías, ni mucho menos de pasar meses en una base militar. Y me gusta ese Silva arriesgando, no haciendo siempre lo mismo, cambiando a sus personajes de lugar para incomodarles y volver a hacerse un hueco lejos de aquel que ya hace unos cuantos libros estaban cómodos.

Pero eso sí, no puede ser que a Chamorro no se la dé más cancha. Más de la mitad del libro y uno de mis personajes femeninos favoritos apenas hace y encima sale medio aletargada- menos mal que ya le ha callado la boca al cazurro ese de operaciones especiales-. Con eso no se juega, Silva. A Chamorro hay que sacarla partido, por favor. Te doy cien páginas más para perdonártelo.

_________________________________ 1 de octubre

Pues se volvió policiaco y, aunque no hay mucho Chamorro, hay trabajo eficaz en equipo y eso siempre es alentador. 

Ha sido un placer volver a leerle, Vila. 

Hasta la próxima.

 

 

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