AGOSTO LEÍDO: LA CHICA DEL TREN, de PATRICIA HAWKINS

Este mes me ha dado por el thriller psicológico y, como era de esperar, porque en cine no me gustan nada esas pelis, pues no me ha emocionado mucho la novela de Patricia Hawkins, La chica del tren. No me gustan esas historias donde el narrador confunde realidad con miedos e imaginaciones desagradables, que no sabes bien qué pretende ni de qué te habla ni por dónde va. Sin embargo, me la he leído entera, con sus 491 páginas, sin saltarme ninguna (segundo derecho del lector, como todo el mundo sabe), así que creo que hay algo recomendable en ella.

La chica del tren es la historia de una chica que todas las mañanas coge un tren que, a mitad del trayecto, para en un semáforo, momento en que puede ver su antigua casa, la que compartía con su ex y que ahora este comparte con su actual familia, y también la casa de una pareja sobre la que inventa una feliz relación de pareja, envidiable a todas luces. Es alcohólica, por lo que no siempre atina a ver bien, a recordar bien y a hilar bien. Todo se quedaría en una pobre chismosa infeliz pero en un momento de la historia es testigo de algo clave para la desaparición de la novia perfecta, vecina de su ex. Y ahí empieza la divagación: que si no me acuerdo, que si me lo he podido inventar, que si igual le he hecho algo malo y no lo recuerdo… Y así hemos estado medio libro, a la vez que descubríamos a los demás personajes: el ex, la mujer del ex, el novio perfecto, la policía, el psiquiatra de la desaparecida,…

Un acierto ha sido el narrador múltiple, cada capítulo lo contaba una de los tres personajes femeninos principales (la chica del tren, la mujer de su ex y la desaparecida) a modo de diario, en el que las fechas no siempre iban en orden cronológico, con lo que vas uniendo el puzzle poco a poco. No obstante, me han parecido mujeres desquiciadas, en ocasiones ancladas al cliché femenino que tocara: la ex dolida y abandonada por su marido, la novia maltratada psicológicamente por su pareja pero que no lo ve ni aunque le controlen el móvil, el correo o sus idas y venidas, y la esposa que acaba de convertirse en madre y no le deja el niño a nadie porque sólo ella lo cuida como debe ser pero a la vez debe ser la esposa sexy de un marido que tiene que sentirse satisfecho porque si no se irá con otra. Ya sé que son personajes desequilibrados, que si no no hay historia, pero en casi quinientas páginas podíamos haber visto mujeres más independientes, más completas, que entiendan las relaciones de pareja de una forma más sana y la maternidad, de una forma más real (estaría bien que lo ligaran a la paternidad incluso cuando el hijo es un bebé recién nacido- ellos también pueden cuidarlo, deben y seguro que hasta quieren-). Y ellos tampoco se quedan atrás: el novio controlador porque ella, la pobre, es tan guapa y débil; el marido atractivo que le ha dado una hija a su mujer así que se va al pub o al gimnasio para mitigar el estrés del trabajo; el psicólogo, que vino al país como refugiado tras la guerra de Yugoslavia y ahora su color de piel lo pone en primera fila de los sospechosos; el policía, tipo duro que no se apiada de ninguna desquiciada,…

En definitiva, creo que es una novela entretenida sobre todo si te gustan ese tipo de historias pero no le pidas que te haga entender el mundo. Y empezaba bien, con una chica que en su rutina diaria construye la vida ficticia de aquellos a los que ve pero que no saben que ella los ve (algo que hemos hecho todos en un tren). Quizá el reto de esta historia hubiese sido construirla con seres más verosímiles, de esos que te caen bien porque tienen fallos, despistes, cometen errores pero son simpáticos, educados, algo empáticos en el día a día, de esos que jamás pudieras imaginar que tras ellos se escondiera un verdadero asesino porque en realidad no quieres que ese sea el malo. Esa ha sido la pena de este libro, que aquí nadie me caía bien…

 

 

 

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