SEPTIEMBRE LEÍDO: La cocina, de Arnold Wesker

Este mes he leído teatro. Sé que es un crimen, que el teatro hay que verlo, pero a veces c’est impossible. Ando buscando obra de teatro para representar con un grupo de unos 25 adolescentes, todos ansiosos por actuar en una obra cómica, divertida en la que además salgan guapos y favorecidos – se aceptan sugerencias, porque no soy capaz de encontrar algo así-.

Buscando por internet (menos mal que existe este recurso porque si no no sé que sería de nosotros, pobres profesores de lengua metidos a directores de teatro), encontré esta obra, La cocina, de Arnold Wesker. La cocina de un restaurante inmenso en el Londres de los años 50, llena de gente, de idiomas y de movimiento. Pinta bien, ¿eh?

Me sedujo la idea de que salían más de veinte personajes en un sólo escenario, una cocina. Ya los veía a todos vestidos de cocineros con unas cazuelas cuando hice el pedido a una librería de viejo (de nuevo, ¡menos mal que existe internet!), que me mandó este libro por 8 euros (¡8 euros me iba a costar sólo mi gran éxito teatral con el que iba a barrer en los escenarios de Santoña y alrededores!, ¡la compra del año!).

Me llega el libro y empiezo a leerlo. Un momento, que no me quedo con ningún nombre, normal, son veintitantos en escena y yo soy flaca de memoria. Un momento, ahora hablan en alemán; bueno, esto lo cambio por el inglés, que para eso algunos están en el programa bilingüe. Un momento, que tienen que hacer ruido con las cacerolas a la vez que hablan y se les tiene que escuchar; bueno, si lo ensayamos mucho, igual hasta queda bien. Y así voy solventando en mi cabeza dificultades técnicas que veo más o menos abordables a nivel escolar. Hasta que llega el final. Ese final de teatro que te deja sin habla, sin aliento casi. Ese final en el que el teatro mira al espectador, le sacude por los hombros y le dice eso de «ahora te quedas un rato ahí reflexionando sobre lo que eres y lo que haces y luego miras a ver si lo estás llevando bien». Y eso sólo lo pueden lograr los actores-actores, los que lo ensayan tantas veces que casi creen ser el personaje, los que disponen de un director de verdad, de los que no tapan agujeros sino que calculan todo movimiento al milímetro como si todo fuera parte de una coreografía perfecta. Algo como lo que hizo Peris Mencheta:

Así que seguiré buscando obra para mis actores disfrutones de un solo ensayo semanal (se siguen admitiendo sugerencias).

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