OCTUBRE LEÍDO: POSTALES COLOREADAS, de Ana Alcolea

Vivo, desde hace casi una década, al lado de una vía de un tren, que me hace el favor de pasar con muy poca frecuencia y le da al lugar donde vivo un toque de modernidad decimonónica, que divierte a niños y mayores cada vez que pasa.  Este tren, que ahora me entretiene las tardes, debió suponer hace algo más de cien años la apertura a un nuevo mundo, la ocasión de ir de un sitio a otro, de llevar mercancías de aquí para allá, en definitiva la oportunidad de ver sitios diferentes.

Algo así debió de seducir al protagonista de Postales coloreadas, de Ana Alcolea. Don Juan, señorito de Almería, abandona su casa bien para ir en busca del tren, seducido por el progreso que trae consigo y con el que sueña con formar parte.  Aunque luego la realidad se impone y no todo es tan bonito cuando le mandan a una estación de un pueblo perdido de la Galicia de principios del XX, el arranque de novela y de independencia personal de alguien no puede ser más ilusionante. Pero don Juan no deja de ser un hombre de otro siglo con comportamientos normales en esa época pero que, como mujer del siglo XXI, me siguen alucinando al ver cómo conciben la vida familiar, donde su mujer no es siquiera una compañera, sino la mujer que obedece y calla mientras le ve ir y venir sin contar con nadie, y mucho menos con ella.

Eso me hace cambiar la mirada hacia ellas, la esposa e hijas de Juan, que queda vulgarizado por la grandeza de los personajes femeninos, que son tan reales como los que seguramente se encuentren en cualquier familia. Esas mujeres, malcasadas muchas veces, abandonadas otras tantas, entre otras cosas porque no se jugaba en igualdad de condiciones (ellos se la jugaban mucho menos haciendo lo mismo), que encima vivieron una guerra y una posguerra, y que aún así seguían adelante (no quedaba otra). Y entonces me acuerdo de mi abuela, que guardaba secretos para que nadie la hiciera sentir de menos, o mal, o incómoda. Secretos que guardó tan bien, tanto que hoy me doy cuenta que apenas sé nada de su vida antes de que yo la conociera. Recuerdo que, durante sus últimos meses de vida, iba a su casa a verla y, al despedirse, me pedía que tirara a la basura dos o tres bolsas llenas de ropa, papeles y trastos viejos. Tiró todo (hasta las escrituras de su casa, lo que le costó a mi padre y sus hermanos más de un lío de papeles después de su muerte) para que no descubriésemos nada.

Ojalá no hubiese presentido tan cuerda su final y hubiese dejado sus cosas en el armario.

Ojalá yo hubiese subido las bolsas a mi casa en vez de tirarlas al contenedor como una niña buena y hubiese descubierto sus postales coloreadas, sus viejas fotos, algún pendiente o alguna alfiler con historia,…

Ojalá ella no hubiese tenido tanto miedo a mostrarse en su grandeza y me hubiese dejado saber lo que Ana Alcolea sabe hoy de los suyos…

Making off de la foto de mi hija

Making off de la foto de este mes

Y como es tarde para eso, me consuelo pensando que el armario de mi madre está lleno de cosas que nunca tira, de historias que siempre cuenta y recuenta, de familiares que aparecen en su memoria y a veces en su casa, porque los años pasan y menos mal que las mujeres nos vamos volviendo, poco a poco, más libres, más seguras, más complejas, más (re)conocidas y con el armario bien abierto, para que ventile bien todo y no se estropee nada.

 

 

 

 

 

 

 

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