Diciembre leído: Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout

«Me llamo Lucy Barton, una novela que ilumina nuestras relaciones más tiernas». Eso pone en la portada. ¿Quién pondrá esas cosas en las portadas de los libros? ¿Esos eslóganes que no dicen nada pero parece que te revelan la verdad del mundo. Confieso que no he sabido a qué se refería hasta hace un cuarto de hora, justo cuando he terminado la novela que ilumina nuestras relaciones más tiernas (aunque sigo pensando que es uno de esos enunciados que cada uno puede interpretar según tenga el día, así que el mérito en todo caso siempre será del lector de la frase, y no del autor).

Creo que esto apenas es novela, apenas ocurre gran cosa: una mujer de treinta y tantos está en el hospital y su madre, con la que apenas trata desde que se marchó de casa, pasa cinco días con ella. Y entonces charlan, recuerdan, se miran, en definitiva, conviven. Desordenadamente, la prota nos cuenta su vida (casada, dos hijas, escritora en vías de desarrollo), su infancia difícil y pobre, sus miedos, su relación con sus padres y hermanos. Y ahí está la iluminación de nuestras relaciones más tiernas, que no son otras que las familiares. La familia de donde sales y la familia que te sale. Y aquí es donde me veo en este momento vital donde empiezo a vislumbrar la fragilidad de aquella familia de la que vengo y de la que me he quejado hasta hace cuatro días, en este momento vital donde miro la familia que me sale y como una losa se estampa en mí el miedo a que no se queden con lo bueno, a que solo puedan ver lo malo (a mi, como a Lucy, también me preocupa que será lo que ellos no olviden nunca).

Sin embargo, ese miedo sale disparado cuando pienso que saldré ganando, aunque sólo sea porque los padres siempre salen ganando, y es que ser padre ya es un aval. Mi madre lloró la muerte de un padre que nunca se ocupó de ella (la dejó siempre al cuidado de internados y de abuelos, que la adoraban, eso sí), le lloró un buen rato y llevaban más de treinta años sin hablarse. Mi padre me ha reñido, gritado, echado todo tipo de broncas, me ha llamado tonta más veces que nadie, y eso da igual, es mi padre y siempre está ahí. Y además, con los años va ganando en méritos, muchos de ellos con carácter retroactivo.

Me llamo Lucy Barton sirve para comprobar lo difícil que es conocerse y aceptarse a uno mismo y a los que te rodean, te remueve un poco por dentro, aunque esto último igual solo me pasa a mí, que ando un poco tocada desde que mi hijo me ha dicho que ya no molo tanto porque no le dejo ver más dibus en la tablet y mi hija me mira mal desde que Papa Noel se llevó su chupete (creo que sabe que estoy detrás del hurto).

Feliz año a todos.

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