JULIO LEÍDO: El cuento de la criada, de Margaret Atwood

cuentocriada«Pero ¿cómo te puedes estar leyendo eso?», me espetó mi madre un día que me encontraba leyendo El cuento de la criada en la tumbona de su jardín. Este mes estival, en los que en la tele no hay nada, echaban la serie. Mi madre, aunque asqueada, se la ha tragado entera (creo que porque es verano y porque, como todos, aunque quizá en ella se note más porque lo dice abiertamente, está aquejada de una morbosa curiosidad hacia los sucesos desgraciados que cualquier ser humano puede sufrir). Debo agradecerle que no me haya contado el final.

La novela es dura, sobre todo si tienes útero. Más que nada, porque las mujeres quedamos reducidas a ese órgano. En la República de Gilead, estado al que se llega después de privar de derechos y libertades a todo quisqui, las mujeres se dividen en Esposas,  Criadas, Tías y No Mujeres (hay más rangos con distinta función pero con el mismo ánimo vejatorio). Aquí, una Criada, como si de un diario se tratara, relata su vida cotidiana como Defred (las cambian el nombre en cuanto llegan a una casa nueva: como llega a casa de Fred, la colocan la preposición «de» para indicar la posesión de Fred sobre la moza- y es que es tan importante cómo llamamos a las cosas para lograr que los otros tengan la perspectiva que queramos). Allí debe engendrar un hijo del Comandante en ceremonias donde la Esposa da las manos a la Criada mientras su marido realiza la fecundación, fría y protocolariamente, a esta última. Previamente las Tías han instruido a las Criadas en sus obligaciones y en los comportamientos lícitos a tener en las casas, y, si no cumples, te declaran No Mujer y ya nadie sabe cuál será tu destino pero seguro que es cruel.

A esto hay que sumarle que se mueven en un ambiente de fanatismo religioso, que huele a rancio, y a la vez sufren la paranoia constante de que en cualquier momento te van a matar, torturar o maltratar si haces, dices o piensas lo que no debes. Es como ver una peli de nazis, pero llevada a la actualidad. Racismo, machismo, crueldad, hipocresía, todas las lacras humanas revueltas en un régimen actual. Lo leo con miedo y morbo, y con la esperanza de que la protagonista logre escapar a la clandestinidad y vuelva a ver a su familia, la de verdad, la de antes de Gilead, la que eligió.

Sin embargo, lo que más desagradable hace la lectura es el temor que surge en cuanto una piensa que esto puede pasar, que la Historia nos ha demostrado varias veces que el mundo se ha vuelto loco y ni siquiera lo hemos visto venir. Esa posibilidad cae como una losa sobre todos, pero sobre todo sobre los desgraciados, las minorías, aquellos que han tardado tanto en construirse un mundo justo. Aquí lo focaliza en las mujeres, pero los judíos, los negros, los homosexuales no quedan mejor. Margaret Atwood tuvo que sentir ese miedo para crear esta historia: me la imagino desayunando en su casa con un periódico en la mano leyendo cualquier barbaridad que un dirigente político dijera sobre la llegada de inmigrantes en patera o sobre el permiso de maternidad de alguna compañera de otro partido o sobre la posibilidad de desenterrar los restos de un dictador de un espacio público. Me la imagino aterrada creando el cuento, basándose en una hipótesis fuerte seguida por otra aún más fuerte. Como la bola de nieve de los dibujos, que rodando se hace cada vez más grande hasta causar la avalancha.

Menos mal que sólo es un cuento.

 

 

 

 

 

 

 

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