OCTUBRE LEÍDO: Reikiavik, de Juan Mayorga

Desde hace unos años, octubre es el mes en que más teatro leo, por exigencias de guión (escolar). Y, por ello, es también mi mes más filosófico. A fin de cuentas, el teatro es eso: verse en el otro para reconocerse un poco más.

Me ha costado leer Reikiavik y al principio culpaba a Mayorga por ponerse tan abstracto que apenas le seguía. De hecho, he estado a punto de abandonarlo porque no entendía nada: Bailén y Waterloo hablan y juegan al ajedrez en un parque cuando de pronto son Spasski y Fisher disputando el campeonato de ajedrez en la final de Reikiavik. He tenido, por supuesto, que buscar quiénes eran y, gracias a Google, he empezado a entender de que iba todo esto.

Año 1972. La Guerra Fría, el mundo dividido y de repente un ruso discreto y un estadounidense excéntrico, frente a frente, con un tablero de ajedrez en medio. Nuestras inseguridades, miedos y expectativas en juego. Los intereses de unos y de otros sobrevolando la partida. Un duelo donde todo el mundo mira, apuesta y, por supuesto, juzga. Todos viviendo la vida de otro, como si fueran actores sobre un escenario. El escenario de otro.

Spasski se planta y dice que ya no continúa.

Y no sé si el libro va de esto pero me ha dado por pensar en el valor de la derrota. El valor de no presentarse al reto, plantarse y liberarse de la exigencia que nos ata. Y de repente, sentirse liberado. Cobarde a los ojos del mundo, desahuciado por todos pero libre al fin.

No será tan terrible la derrota cuando consigue que respiremos.

Eso pasa en Reikiavik.

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