Abril leído: Las hijas del Capitán, de María Dueñas

Nueva York debe ser algo así como el lugar al que, si no has ido, da igual, porque ya lo has visto millones de veces. Has andado por allí desde siempre. El cine, las series, las novelas, las noticias se han encargado de ello.

Cuando empecé a leer Las hijas del Capitán, lo que menos me llamó la atención fue que la historia sucedía allí. Ahora, que la he acabado, creo que es lo más me ha gustado. Ese efecto Nueva York. Nadie es de allí pero a nadie le gusta que no sepas cómo funciona la ciudad porque acabes de llegar.

Una familia se reencuentra en Nueva York. Mujer e hijas van a vivir a Nueva York, donde el marido y padre buscador de vidas, por fin, se ha decidido a traerlas. Hijas que no quieren, madre harta de tirar sola del carro y padre intentando abrirse camino con un negocio que no augura gran cosa. Y de repente, se quedan solas. Y ya no pueden estar enfadadas ni comportarse como chiquillas con rabietas. Ahora hay que decidir. Y equivocarse. Y a esto último un emigrante aprende enseguida.

Puede parecer poco novedoso contar historias de emigrantes (y más de los que emigraron huyendo de la miseria de principios del siglo XX, que carecen quizá de ese barniz de mito que tienen en los libros los exiliados republicanos). Sin embargo, no está de más resaltar lo obvio: que emigrar supone una adaptación al medio que lleva un esfuerzo ingente y que muchas veces no se consigue del todo (porque es tremendamente difícil seguir siendo totalmente de aquí cuando estás allí o convertirse en uno de allí habiendo vivido antes aquí). Pero, cuando al fin uno se adapta, ya no hay nada que lo pare.

Son seiscientas y pico páginas de una historia protagonizada por mujeres que no les queda otra que buscarse la vida. Emigrantes que trabajan sin descanso para intentar estar cada día un poco mejor pero que finalmente se mantienen de milagro en el hilo, cual funambulista al que le soplan los cuatro vientos. María Dueñas consigue perfilar tan bien sus vidas, sus mundos, sus sueños, trabajos y lugares, que ahora Nueva York se me hace distinto, algo novedoso: la calle Catorce, donde la fiereza de las Arenas no era otra cosa que el empuje de aquellos que no dejan de rendirse por mucho que los vientos se empeñen en derribarlos.

Equilibristas de este circo,

Ojalá lleguéis todos al otro lado.

Como las hijas del Capitán.

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