Agosto leído: Terror, de Ferdinand con Schirach

No sé qué decir, aún estoy indecisa con este libro. Demasiado que pensar, quizá.

Terror es teatro puro. Se cumple el requisito principal del arte dramático: el protagonista está ante un conflicto que se ha de resolver finalmente. Se trata del juicio del piloto que disparó, desobedeciendo a sus superiores, contra un avión de pasajeros secuestrado por un terrorista dispuesto a estrellarlo contra un estadio de fútbol repleto de gente. Se plantea conflictos éticos tan actuales como complicados. ¿Quién puede decidir sobre la vida de los demás? ¿Qué se puede hacer que sea realmente justo para todos? ¿Cuál es el mal menor y quién es capaz de soportarlo? En fin, cada vez que habla un personaje, sea testigo, acusado, abogado o fiscal, cambio de opinión como una veleta.

Me pasa siempre con las pelis de abogados. Todos parecen tener razón y nunca me decido. Es más, me siento bastante tonta al ser tan maleable, pero, por otro lado, pienso que yo no soy quién para decidir si hay que liberar o castigar a alguien, y más si creo que puede que yo, en las mismas circunstancias, hubiese actuado como el acusado.

Y así he estado todo el juicio hasta que el final me ha dejado tranquila. Sobre todo el discurso final que parece no tener relación con el resto y que, sin embargo, me aclara bastante el asunto. Habla sobre los atentados contra Charlie Hebdo y la necesidad de que nuestro mundo actual defienda la democracia apreciando la necesidad de sátira, de crítica, de poner todo en tela de juicio, incluso ofendiendo, porque esa ha sido la manera de llegar a la Constitución, a los Derechos Humanos, a que el terror no se apodere de nosotros y empecemos a privar a todos de lo que tanto nos ha costado conseguir, que no es más que nuestra capacidad de ser felices aquí y ahora, en este mundo que solo avanza cuando toleramos y valoramos su mestizaje. Lo demás, es retroceder por puro miedo a lo desconocido, a las catástrofes y a la barbarie de la que se supone que huimos.

Y a un día de empezar a trabajar, esta necesidad de cuestionarlo todo me recuerda que eso lo hace muy bien un adolescente. Y si ese es el camino para construirse a uno mismo, tal vez el mundo debe seguir esos pasos o al menos no perder de vista algo del adolescente que todos hemos sido, aunque seguramente nos pongamos a parir.

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