ABRIL Y MAYO LEÍDO: CUENTOS QUE MI MADRE NUNCA ME CONTÓ

Ya se sabe que el cine y la literatura comparten mucho. Esto no lo descubrió Alfred Hitchcock. Ni mucho menos. Pero hay que reconocerle al maestro del suspense ese ojo clínico para encontrar buenas historias. En Cuentos que mi madre nunca me contó Alfred Hitchcock reunió 20 relatos de suspense, intriga, miedo o, al menos, desasosiego. Otro día hablamos de su penoso criterio para elegir título. O no: el título hace gracia al principio, pero encierra también una idea asentada de que las madres no somos capaces de contar cuentos de miedo a nuestros hijos porque somos ñoñas, sobreprotectoras y demasiado delicadas para apreciar el suspense – qué visión tan pobre de la mujer, Alfred, muy pobre para una mente como la tuya-.

Nuestros miedos están muy unidos a lo que somos. Quizás, por eso, a medida que se va forjando nuestra identidad, algunos miedos se acrecientan, otros desaparecen. Habrá que encontrar la manera de encontrar el equilibrio para no volverse un paranoico. Tragar ficciones de miedo (cuentos, novelas, series, pelis, tragedias, lo que sea) es una forma muy buena de conseguir que los propios miedos no nos descontrolen. No hay mejor forma de aprender a no desvariar que viendo desvaríos que evitar.

En definitiva, se trata de una buena selección de cuentos de suspense escritos por autores anglosajones. Ahora bien, podías haber puesto otro título, Alfred. Cuentos de desequilibrados para no desequilibrarse (mucho) o algo así.

Es curioso esto de crear miedo. A diferencia de lo que uno piensa de pequeño, el miedo no procede de entes gigantes, monstruosos o extraños. El mayor miedo surge en lo cotidiano, la extrañeza de algo cercano que se convierte de pronto en algo inabarcable o incomprensible. Nos da miedo lo que no entendemos. Y así encontramos historias de pájaros bellos que de repente te cercan cada vez un poco más hasta que ya no puedes salir, de casas de verano que se convierten en trampas mortales, de ese padre al que vas a despedir escupiéndole todo el odio del que eres capaz pero del que no te separas hasta que muere aunque suponga que te encuentren y encarcelen, del mal apoderándose de un niño al que nadie cree capaz aunque lo es, del poder de predecir el futuro que, lejos de ser una bendición, es el principio del fin.

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