AGOSTO LEÍDO: LOS AÑOS EXTRAORDINARIOS, de Rodrigo Cortés

Raro. Es un libro raro. Si me pongo asertiva, puedo decir que es original. Pone que es novela pero la verdad es que no lo es, al menos si, por novela, entiendes una historia donde un hecho ocasiona el siguiente y así. Si me pongo salmantina, puedo llamarlo nivola, que diría Unamuno. O incluso puede que este autor haga otra cosa, noveles, por ejemplo. Increíblemente, se ha vendido como churros este verano. Algo extraordinario. Raro, de nuevo.

Aquí, en Tarifa, con Cortés

Los años extraordinarios cuenta la vida de Jaime Fanjul, un hombre tirando a insulso, al que le van pasando cosas en diferentes sitios y épocas. Viaja, ve fantasmas, conoce gente, tiene hijos, los medio abandona, los medio recupera (de dos, una), vive y muere. Así contado, parece todo muy insípido pero no lo es: le acompañas durante cientos de páginas porque tiene un punto filosófico, humorístico, que consigue interesarte por cómo vive cada momento el soso de Jaime Fanjul, que da por normal hechos extraordinarios (el mar llegando a Salamanca mientras los de Pucela se pican, una pelea con una monja karateka, montar un taller donde se estropean cosas, que no es lo mismo que destrozar, estropear es mucho más laborioso).

Y eso sólo lo consigue alguien que escribe muy bien. Casi con el cuidado de un poeta que busca ritmo en cada línea. También tiene ese ingenio que demuestra aquel que ve las cosas de otra manera y es capaz de transmitírselo a otros. Y tiene páginas sublimes (la 58 se sale, habría que leer el libro sólo para disfrutar de esta página). Roza un poco el surrealismo (se encalla el barco en el que va Fanjul y los pasajeros bajan a empujarlo, por ejemplo), pero tampoco abusa de ello, le queda bien. Así durante trescientas y pico hojas que tiene el libro, cosa sorprendente en un autor cuyos libros anteriores eran colecciones de aforismos y ocurrencias breves. Es como si pasara de meter la punta del pie en la orilla a cruzar el Estrecho a nado. Y llegar vivo a la otra orilla, saliendo incluso con estilo: me imagino a Cortés, echándose el pelazo para atrás, mientras camina como un socorrista buenorro por la playa de Tarifa.

En fin, disfrutemos de lo raro porque es extraordinario.

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