Almudena

Joder, Almudena. Qué pena.

En algún lugar de mi memoria tengo la sombra de un texto, creo que de Cortázar, que decía algo así como que cuando se te muere alguien que admiras mucho, te mueres un poco tu también. Y así le pasó a su autor- ahora dudo, igual no es de Cortázar, pero está a la altura, lo prometo- cuando murió Chaplin. A mí me pasa algo así con Almudena.

Y eso que la descubrí tarde y leo muy lento sus libros. Me pasa como cuando, a los 15, me gustaba un chico y yo disimulaba tanto que parecía que le odiaba, aunque, por dentro, me moría por él.

Una vez la vi en el Festival de Mérida. Y me atreví a decirla que me encantó Inés y la alegría. Ella parecía cortada y yo empecé a pensar que la estaba incomodando con mis cosas mientras ella salía de cenar con amigos y familia. Así que le di las gracias y me fui. Y me callé que este blog empezó con ella, que la leía en los periódicos y la buscaba en los martes del verano de la uimp. Me callé que me gustaba. También porque siempre pienso que tendré otra oportunidad de hacer las cosas, de ver sitios y de encontrarme con gente. Un defecto que tengo pero que me hace muy llevaderas las despedidas: como nunca me las creo, no me duelen lo que deberían. Así me imaginaba otro encuentro con Almudena Grandes, donde la conversación fluyera y mis cosas parecieran encajar mejor en el momento y en el lugar que tocara que aquella tarde junto al Arco de Trajano. Que nos volveríamos a ver en otra, Almudena. Y hablaríamos de libros y de gente. Y yo te miraría embobada. Sin disimular lo mucho que me gustas.

Como Cortázar a Chaplin.

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