FEBRERO LEÍDO: Amistad de juventud, de Alice Munro y Te quiero viva, burra, de Loreto Sánchez Seoane

Mes de relatos. Empiezo con Amistad de juventud.

Hacía mucho que no me costaba tanto leer a alguien. La Munro tiene tela. Esta mujer escribe relatos de unas treinta páginas que se hacen eternos. Igual no lo son pero yo tenía la sensación de tener que pasar varias veces por la misma línea para entender lo que pasaba. Como cuando sacas de paseo al perro y este va y viene mientras tú llevas un ritmo constante. Con Munro soy como el perro que hace el doble de esfuerzo para recorrer el mismo camino.

Lo he leído por una obligación autoimpuesta, aunque confieso que en la segunda parte de cada relato me empujaba la curiosidad de saber qué le pasaría al personaje. Desdichados, todos, pero les coges cariño y ya no puedes no acompañarles. No hay alegrías para estos seres que se empeñan en amargarse o en no perdonarse los errores. Quizás todo se resume en que no se entienden, porque no se conocen a sí mismos o se niegan ante los demás. No sé. Todo es complejo. Y más si la autora no nos lleva de la mano. Tengo la sensación de que no he entendido la mitad, aunque he pasado mil veces por las líneas, como si estuviera en otro idioma y se me escaparan los matices. Por otro lado, hay cosas que son tan claras cuando las describe. En “Five Points”, es magistral cuando describe el momento inmediatamente anterior a la pelea de una pareja: “se puede hacer el amor deprisa si tienes que hacerlo, pero se necesita tiempo para una pelea… la lenta pero irresistible ascensión de una nueva excitación, la necesidad de decir y de oír, cosas terribles”. Tal cual. La vida misma en cuatro líneas. Total, que, aunque cueste, hay que leer a la Munro.

La otra lectura es mucho más asequible. Te quiero viva, burra es la colección de microbiografías, apenas tres o cuatro páginas, de mujeres que han ido a contracorriente o que el mundo, por la razón que sea, les resultaba incomprensible, o ellas, al mundo, o todo a la vez, quién sabe. Chavela Vargas, Amy Winehouse, Gerda Taro, Alejandra Pizarnik, Patricia Gadea, Camille Claudel, Violeta Parra, Dora Maarr, Heidy Lamar, Alfonsina Storni. Lo mismo cantantes que escritoras, espías, fotógrafas o actrices porno. Todas tienen en común ese no encajar en su mundo y sufrir sus consecuencias. El dolor, la muerte o simplemente la fatalidad como moneda de cambio por ser diferentes. No creo que sólo sea el hecho de ser mujer, aunque no puedo negar que eso las condiciona mucho. Leas la historia que leas, te emocionas. El mismo título, palabras tomadas de una carta de Julio Cortázar a su amiga Alejandra Pizarnik cuando ésta ya se había intentado suicidar varias veces, también emociona.

En fin, que me he quedado un poco tocada con estas autoras que hablan de mujeres difíciles en mundos ajenos pero no lejanos. No sé si seremos capaces de sentirnos parte del mismo mundo algún día, la verdad. Pero habrá que confiar en que, al menos, seamos capaces de reconocer que hay que ir haciendo hueco a todos. Incluso a los que no entendemos.

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