NOVIEMBRE LEÍDO: DIENTES BLANCOS, de Zadie Smith

Imaginad Londres. Años 80.

Mucha gente. Muchos de fuera.

Se casan. Tienen hijos. Hijos londinenses en familias bengalíes, jamaicanas o londinenses.

Padres que no encuentran su sitio. Raíces que ya no arraigan. Más bien duelen porque se retuercen de tanto querer estrujar lo que uno es. O quiere ser. Hijos que heredan frustraciones y obsesiones, a la vez que crecen. Como si crecer no fuera bastante, como si sólo crecer no fuera difícil. Cuando todo está revuelto, sólo puede contarse así.

Zadie Smith retrata tres familias que se cruzan en la vida a partir de la amistad entre dos hombres. La familia de Samad, bengalí, y la de Archie, inglés casado con una jamaicana imponente pero sin dientes (ya sólo esa imagen del personaje es poderosísima). Musulmanes, los primeros. Ex Testigo de Jehova, la segunda. Hijos que se crían juntos, se enamoran, se rechazan, se lían y sobre todas las cosas se odian, porque odian lo que son y lo que viven. Cuando ya todo está fatal, entran los Chalfen a chalfanearlo todo. Los ingleses de clase media que se creen con derecho a todo porque son ingleses, claro. Esa manía de los europeos de querer arreglarlo todo, porque sabemos tanto y somos tan buenos que podemos arreglarte la vida. Luego la cagamos, como todos. Pero es que los ingleses no lo ven ni venir.

Parece una tragedia porque lo es, pero hay ratos para reírse. Lo absurdo de la vida en los diálogos y sobre todo en estos personajes que no dan una. A veces los oyes pensar o hablar y parecen una caricatura, pero la autora se las arregla para darles hondura en otros pasajes. Con cierta ternura, incluso. Y no es fácil conseguirlo con personajes así. Un padre que sólo tiene dinero para salvar a uno de sus hijos (¿cómo se elige?), un hijo enviado al otro lado del mundo porque es el elegido (¿qué premio es el abandono?) y un hijo desahuciado por su padre aunque vivan juntos (el clásico abandono presencial de mierda). Una jamaicana que escapa de la tortura religiosa que supone prepararse para el fin del mundo y se refugia en los brazos de un hombre que todo lo decide a cara o cruz o porque le convencen en el bar mugriento al que va con su amigo todos los días para no estar en casa. Una hija mestiza enamorada de un gemelo que nunca la querrá y al que verá tirarse a todas las mujeres del planeta menos a ella. Un hijo al que su padre relega hasta que se le pase, porque se le pasará (el inglés que lo sabe todo pero que no sabe que no sabe nada de su hijo), pero que acoge a un desconocido que conoce por carta. La abuela que vive con el exnovio que te dejó sin dientes y que ahora reza con ella a todas horas para que el Apocalipsis les pille confesados. Hala, y ahora, con toda esta tropa, hazme una novela que emocione. No es fácil pero aquí está.

Es una novela distinta y, aunque el argumento no sea trepidante (son quinientas y pico páginas, largas, a veces lentas), tiene unos personajes que consiguen atraparte en su historia, que, cómo no, no es más que la tragedia humana de no saber dónde está uno pinado. Que, por otro lado, le pasa a todo el mundo, incluso a los Chalfen.

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