JULIO LEÍDO: LOS BESOS EN EL PAN, de Almudena Grandes

En verano no se puede leer cosas profundas ni profundamente reales porque hace calor, porque se lee en la playa, en la terraza, mientras se toma el sol, se da manotazos a las moscas que husmean la página, se aparta la arena que tu hija te salpica en el libro mientras hace un castillo, se disfruta del aire, del sol y la calle. Así que no sé cómo, empecé a leer Los besos en el pan, de Almudena Grandes, que es de todo menos de lectura incalable.

Tenía la novela aparcada en la mesita desde hacía meses- supongo que desde Navidad, que es cuando mi familia me suministra lecturas sin fin-, y siempre me había frenado porque una vez le oí decir a Marina, mi compañera de batallas institutiles y cafés tropicanos de recreo,  que había dejado de leerlo porque era demasiado real, tanta realidad como ver un telediario llenos de desahucios, recortes, crisis y desgracias sociales. Y la verdad es que Los besos en el pan es la vida misma, eso es imposible negarlo.

Y en la mesita seguiría aparcado si en una escapada fugaz al Festival de Teatro Grecolatino de Mérida no me hubiese encontrado con su autora a la puerta del restaurante donde cenábamos y la hubiese pedido que se hiciera una foto conmigo – ya sé que es muy poco intelectual pedirle a un autor famoso una foto pero tened en cuenta que tengo un lado friki, algo normal al haberme criado leyendo el Diez Minutos y el Lecturas, que compraba religiosamente mi madre cada semana, así que veo alguien famoso que me cae bien o que admiro y le pido una foto donde saldremos con cara de circunstancia, pequeños vicios que una tiene- .

Aporto prueba gráfica de mi lectura, en la que aparezco leyendo en una heladería madrileña, pero arriba está la de mi hijo imitándome, que quedó mucho mejor.

Y así vuelvo a casa y rescato del montón de la mesita esta historia de historias, la de unos cuantos habitantes de un barrio madrileño (que bien podría ser barcelonés, gaditano o incluso parisino). Es un poco La colmena de Cela, pero la de nuestros días y sin esa tristeza de la posguerra, que cubría todo de una grisura horrible. Sin embargo, esta colmena de Almudena Grandes es diferente en sus personajes, que son más complejos, menos grotescos e incluso reconocibles en los habitantes de nuestro barrio, y sobre todo posee más luz, más optimismo, al leerla se contagia una confianza en la resistencia vital, en el resurgir de los que pierden pero no se rinden porque creen en las segundas oportunidades, en las terceras y en las que hayan de venir, en la felicidad conseguida después de tocar fondo y salir a flote. Así que algo de estival tiene esta novela, que aún así cala suave como lluvia de verano.

 

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