ABRIL LEÍDO: Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García

Lo cogí de la biblioteca. En novedades. Siempre echo un vistazo por si algo de repente me llama. Siempre pico.

Este lo cogí porque en breve tendré que volver a Crónica de una muerte anunciada, que me encanta. Lo leí por primera vez en mi último curso en el instituto y recuerdo aquello como un descubrimiento (el verano que vino después no deje de leer todo lo que encontré de García Márquez). Total, que me lo lleve.

Anoche no podía dormir y me acordé de que hacía semanas que había tomado prestado el libro y ni lo había abierto aún. Tenía la esperanza de quedarme frita a las segunda pagina pero me lo leí entero.

Rodrigo García, hijo del escritor, cuenta el final de su padre. Lejos de ser tétrico o de mal gusto, me ha parecido otro descubrimiento. Contar bien el final de tu padre no es fácil y puede rozar el melodrama. Hay que tener cuidado. La progresiva demencia, la enfermedad, las conversaciones, los recuerdos, todo entremezclado me ha conmovido. Y no porque el final de García Márquez haya sido diferente al de cualquier humano, sino por eso mismo: porque es un hijo hablando de su padre desde la pérdida.

Vivir sabiendo que tu padre siente una tristeza infinita porque sabe que el final está ahí te deja en el alma un poso de piedad, amargura e impotencia que hay que manejar y encajar en tu vida. El paso de los años nos hace mas conscientes de que esto se acaba y que eso esté cerca, más que miedo, da pena. Porque vivir, aún con todo lo que nos quejamos, es un chollo. Amigos, familia, los libros, el sol, la comida, una buena siesta, el amor. Si has tenido eso, te tiene que apenar saber que se agota. La muerte no da miedo, da una enorme tristeza, decía Márquez.

Lo de las relaciones entre padres e hijos es un mundo tan lleno de matices, hay tantos grises… y encima no se están quietos. A medida que me hago mayor, mis padres se me vuelven más humanos, también más vulnerables. Cosas que antes no les afectaban (o que yo estaba convencida de que no les afectaban) ahora son ochomiles a sus pies. Y es curioso asistir a esos ataques de vulnerabilidad de aquellos que tú has creído titanes durante décadas. Me quedo estupefacta, como si no me lo creyera del todo lo que les veo hacer o les oigo decir. Y luego lo pienso y es todo tan lógico que no hay nada más que añadir, señoría.

Dice Rodrigo García que la pérdida de su padre supuso la primera baja del Club de los Cuatro, que formaba con sus padres y su hermano cuando era niño y vivían entre México y Barcelona. Ese Club de los Cuatro. Me encanta esa idea de ser un club. Todo está bien si los cuatro están juntos. Es tan bueno tener un club. Aunque luego, cuando se resquebraje, duela. Un precio simbólico a pagar por una fortuna tan inmensa.

En definitiva, que me ha gustado leer a Rodrigo García. Leer que decidió desarrollar su carrera en un idioma que a su padre le era extraño (normal, no se puede crecer al lado de un gigante sin miedo a que te pise). Que su padre murió la mañana de Jueves Santo, horas después de que un pájaro cayera muerto en su butaca, algo muy parecido a lo que le paso a Úrsula Iguarán en Cien años de soledad (el Realismo Mágico hasta el final). Que su madre no soporta que la llamen la viuda porque yo soy yo. Pero sobre todo me reconforta saber que todos los hijos hacemos lo mismo, sea tu padre premio Nobel o inspector de Hacienda. Los adoramos, los rehuimos y, con un poco de suerte, los reencontramos. Bendita suerte.

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